LA ÍTACA DE HELIÓPOLIS

Reyes Aguilar @oncereyes En la centenaria historia de nuestro Betis hubo quien, a su paso, dejó una estela mitómana entre la afición; Finidi con su sombrero, la bicicleta de Denílson, los pichichis de Rincón, las botas blancas de Alfonso o las zancadas por la banda izquierda de Rafael Gordillo, entre muchos. El Tío Jon, como le llamaban aquellos niños y niñas que conseguían guantes a cambio de empapelarle el despacho con carteles para que, entre penaltis, faltas y tiros a puerta, no olvidase que el compromiso verdadero está en el Manquepierda, como el ying y el yang de las trece barras. Perdió la bicicleta del amor pero lanzó el guante a una ciudad de la que se marchó siendo parte de ella. Veladores o tabernas, cualquier lugar era idóneo para buscar entre las páginas de un libro y corazones de café cortado, esa Ítaca que más que un lugar físico es un estado de ánimo, como el magnolio de Cernuda.

Y siguiendo el camino marcado llegó a la ciudad de Trajano y Adriano para una vez más, bajo las porterías de Su Majestad, escribir otra página de su historia junto a los penaltis de Esnaola, los goles olímpicos de Rogelio, el silencio maestrante de Calderón, los guantes de Tony Doblas, de Adán o de Prats y el trofeo Zamora de Jaro. Esta vez  la escribió la pluma de un entrenador de porteros llegado de Bermeo que se marchó de Sevilla dejando la empatía cosida a su historia, como Alberto Tenorio con Luis del Sol.

Se marchó sin subir los treinta y cinco peldaños de la Giganta, regalándonos el privilegio de sentirse en el lugar correcto desde que llegó y conociendo a la perfección que la cuesta del bacalao es Argote de Molina, porque los mapas a veces solo sirven para perderse, o para encontrarse con Pilatos, Herodes, Jesús Cautivo y algún que otro romano, personajes de una ciudad efímera que en una semana despierta de ella misma vistiéndose de volantes.

Se marchó dejando a mucha gente que le conoce de nada, aunque suene raro, parafraseando una de sus filosofías tuiteras; “lo bueno que tiene viajar, sobre todo a otras culturas, es que te tienes que presentar ante alguien que no te conoce”. Se marchó llevándose llenas las alforjas de una sevillanía adoptiva de azoteas y atardeceres, de tapas de ensaladilla y el aprendizaje que da tomarse la vida con humor y con amor, entendiendo que una banda nunca será de trompetas y tambores, que eso es Nueva Orleans

Ítaca tiene mucho de Manquepierda, del seguir adelante a pesar de todo, de no doblegarse. Que Ítaca le marque el camino y que allá donde vaya se lleve lo que Sevilla se le parece y a Séneca, porque en las tres etapas en la que se divide la vida la más corta es la presente, la venidera dudosa, pero la vivida, cierta y cierto es que aquí se le recordará por empatizar tantísimo con una afición que siempre llevará presente el haberle sido camino y destino.

 

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