LA DELGADA LÍNEA ROJA

JJ Barquín @barquin_julio Tengo que aclarar que no soy un gran cinéfilo. En cambio, mi vida trascurre de canción en canción. Soy un melómano feroz. En la Facultad de Periodismo de Sevilla, tuve la gran suerte de cruzarme con un profesor que me hizo amar la música de cine. El gran Carlos Colón fue el mejor profesor que tuve en mi corto paso por la universidad de Sevilla. Fue con él con quien aprendí a ver cómo las bandas sonoras aportan muchos detalles a una película.

La semana pasada cuando vi un nuevo video bailando casi desnudo en las redes sociales me acordé de una película que me gusto mucho por la banda sonora del mejor compositor de los últimos años, el alemán Hans Zimmer. La delgada línea roja está ambientada en el año 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, cuando un grupo de hombres de la compañía de fusileros del ejército americano combate contra el ejército japonés por la conquista de una estratégica colina.

Pensando en la película y en su maravillosa banda sonora, pensé que Joaquín puede haber comenzado a traspasar la delgada línea roja que separa la gracia, la guasa, el arte de la pesadez, el empalago y el mal gusto. Este artículo me va a generar muchas opiniones negativas pues Joaquín es un Dios para los béticos, pero es la sensación que tuve el otro día y no quiero callármela.

No voy a descubrir a Joaquín, al que tuve el inmenso placer de entrevistar en Valencia por cuestiones profesionales. Me pareció un tipo encantador, simpático, gaditano puro, de esos que sacan un chiste de cualquier tema y que tiene ese arte innato de la gente que tiene gracia a raudales. Es un genio dentro y fuera del campo. Un tipo que transmite buen rollo, de los que te alegran la vida si lo tienes al lado. Como Joaquín debería haber mucha gente pues estoy convencido que la tierra giraría con mejor cara, con una gran sonrisa.

El problema puede estar más que en el propio Joaquín, en el departamento de comunicación, ya que el portuense vende excepcionalmente la marca Betis. Así que deberían pasarse y reflexionar sobre la intensidad de las apariciones y exposiciones en redes sociales y medios de comunicación. No exprimamos la gallina de los huevos de oro, que ya sabemos cómo termina la historia.